A Veces


Cuando miro hacia el cielo y por entre las nubes

veo surgir la energía del sol, mi alma se calienta,

mi corazón late fuerte y contemplo la belleza del paisaje a mi alrededor. Vuelvo a mi niñez, a hacer diabluras

y juegos, mi alma está leve para soñar.
A veces vuelvo a ser niño, de estos que no saben

lo que hacen, o no se preocupan por sus actos.
Es así como me volví después de ver tu mirada,

después de oir tu voz, después de sentir el calor de tu toque,

el gusto de tu beso y la ternura de tus caricias.
A veces busco en los jardines una flor que se parezca contigo.

En ella intento encontrar en su perfume, tu esencia, en el color,

 tu belleza y en los pétalos aterciopelados, tu cariño.
Entonces mis labios, en una sonrisa, transmiten

a mi mirada el brillo de la alegría y de la felicidad,

por saber que tú transformas mi alma en un jardin de paz,

donde las flores representan esencias de caricias

y las bromas, la inocencia y la pureza del más noble sentimiento.
Seguramente, cuando busquemos flores, las encontraremos así:
Una mezcla de cariño y seducción, de ternura y amor.
A veces, el Sol intenta esconderse entre las nubes,

para no demostrar que su energía se debilíta.
Entonces queda apenas un haz de luz, clareando

ténuamente los jardines floridos.
Pero, aún distante, él vislumbra el esplendor

de la Luna, su Diosa radiante y eterna.
Así, otra vez, su energía se revigora.
Eso hace con que, en otra mañana, él vuelva con más calor,

ya que el encanto de su Diosa siempre renueva su vigor.
Entonces los días pasan y el Sol siempre nace, por sobre

 el monte, abriendo su camino en el ciclo diario.
También en los días de lluvia, en los que las nubes

cargadas esconden su luz, las gotas de lluvia, son las

 lágrimas que a veces caen de sus ojos, de tanto

echar de menos un eclipse total.

 


Cariñosamente

Ruben Alves Vieira

 

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